Uno debe tener un límite de días hasta donde se puede volver atrás y empezar a comerse los días perdidos, para terminar con una deuda de mil y de allí en adelante vivirlos completos.

Andrés Caicedo

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El fin de un tirano


"No disparen, no disparen, qué quieren", exclamó Muamar Gadafi, ensangrentado, acurrucado en una cañería en las afueras de Sirte, su ciudad natal. Un grupo de rebeldes con los dedos sobre el gatillo de sus fusiles AK-47 al fin había dado con el dictador. Derrotado, les entregó su pistola bañada en oro, levantó las manos y se arrastró a su muerte.
Su final, en un desagüe apestoso, no podía ser más simbólico. El coronel Gadafi trató de ser un héroe del mundo árabe, se autoproclamó rey de reyes de África, pero al final no fue mucho más que un asesino patético, el verdugo de su propio pueblo, encerrado en un delirio sanguinario desde que se tomó el poder, en 1969. "Nos llamó ratas, pero miren dónde lo encontramos", le dijo a la agencia Reuters uno de los rebeldes del Consejo Nacional de Transición (CNT), que desde el 17 de febrero lidera la guerra para terminar con el brutal régimen de Gadafi.

Desde la estrepitosa caída de su capital, Trípoli, a finales de agosto, el tirano estaba escondido en Sirte, la ciudad de su tribu, los Gadafa. El CNT sabía que el último capítulo de la guerra iba a ser feroz. Era para ellos "la madre de todas las batallas", una victoria crucial para el futuro de la nueva Libia. Durante dos meses no pasó un solo día sin que los rebeldes lanzaran ofensivas, apoyados por los bombarderos de la Otan.

Las calles de Sirte se volvieron corredores de plomo donde los francotiradores de Gadafi acechaban. Cualquier persona que se aventurara por fuera de su casa podía ser confundida con un enemigo. La situación era desesperante. El hospital fue bombardeado, ya no había luz y la harina se volvió un lujo. En pocas semanas, según la Cruz Roja, más de 20.000 civiles abandonaron Sirte. Muchos de ellos fueron recibidos con recelo, sospechas y maltratos por los rebeldes.

La conquista se hizo palmo a palmo, casa por casa. La ciudad se convirtió en un campo de batalla, con sus inmuebles derrumbados, las fachadas ennegrecidas y las calles inundadas por tuberías perforadas. Los thuwar (combatientes revolucionarios del CNT) tenían en frente a los últimos hombres de Gadafi, acorralados, con el ímpetu que da saber que su único futuro es una tumba.

El jueves pasado, las katibas (brigadas de combatientes del CNT) por fin llegaron al centro de Sirte, cantando "la sangre de los mártires no se derrama en vano". Esa madrugada, Gadafi, rodeado de sus escoltas más leales, rezó por última vez. La ciudad acababa de caer en manos rebeldes y el dictador, arrinconado, desesperado, intentó jugarse su última carta. Con las pocas tropas que le quedaban, casi todos mercenarios de Chad y Níger, organizó un convoy para tratar de romper el cerco que rodeaba el puerto de Sirte.

Pero el impulso les duró poco. Los cielos de Sirte eran vigilados desde hacía semanas por los drones Predator estadounidenses. Era imposible que una caravana de decenas de carros pasara desapercibida. Desde el aire, el Predator y un Mirage-2000 francés de la Otan bombardearon la temerosa expedición. Dos camiones artillados explotaron y la columna se dividió. Una parte del grupo tomó un camino lateral y terminó bajo el fuego de la katiba Tiger de Misrata. Atrapados en la emboscada, Gadafi y sus guardaespaldas abandonaron los vehículos, atravesaron un bosquecito y corrieron a ocultarse en dos tubos de drenaje de aguas negras.

Les estaban siguiendo la pista. Acorralados, atrapados en su propia trampa, uno de los guardias de Gadafi salió del caño y les gritó: "Mi amo está aquí, mi amo está aquí". Según le contó a Reuters el rebelde Salem Bakeer, atraparon a Gadafi, lo cogieron a patadas y puños y se lo llevaron a una camioneta para sacarlo lo más rápido posible de Sirte. Al parecer, el déspota ya estaba herido.

Uno de los rebeldes, en una entrevista con la televisión libia, explicó: "Estábamos encima de las tuberías donde estaba escondido Gadafi. Vimos a varios personas esconderse ahí. Les disparamos y matamos a dos. Se rindieron y nos dijeron que ahí estaba Gadafi. Cuando entramos en el agujero, vi su cabeza peluda y lo capturamos de inmediato. La gente lo rodeó, y le quitamos su pistola y su celular satelital Thuraya".

Lo que pasó después no es claro aún. Según Mahmoud Jibril, primer ministro del CNT, la camioneta en la que iba el coronel quedó atrapada entre dos fuegos y Gadafi murió en el enfrentamiento. "Él estaba vivo y armado cuando lo capturamos. Cuando nos empezamos a mover, fue golpeado por un disparo en el brazo o en la mano. El forense no nos pudo decir si los tiros venían de los revolucionarios o de sus propias tropas", dijo en una rueda de prensa.

Lo raro es que ese mismo informe forense determina que Gadafi murió por un disparo en la sien y otro que le atravesó los intestinos. ¿Bala perdida o tiro de gracia? Médicos occidentales dicen que los impactos de bala en el cráneo apuntan a que Gadafi fue ejecutado. Por ahora, las únicas pistas que hay son videos de mala calidad filmados con teléfonos celulares que le dieron la vuelta al mundo. Pero no se sabe ni dónde ni en qué momento los hicieron.

En el primero, poco después de su captura, está ensangrentado pero aún está vivo y es jalado a la fuerza por decenas de rebeldes excitados que lo amenazan con pistolas y fusiles. En la multitud, alguien grita: "Manténgalo vivo", y pocos segundos después, cuando el dictador ya está fuera del campo de visión, se oyen disparos. Pueden ser sus últimos momentos. Ya en un segundo video aparece Gadafi en el suelo, con los ojos desorbitados, semidesnudo, con varios tiros en el torso. Después hay otros videos y fotos del dictador en Misrata, la ciudad en la que empezó la rebelión, en los que su cuerpo ya está tieso.

La periodista de Radio France International Marine Olivesi, que estuvo ese día en Sirte y después en Misrata, le dijo a SEMANA: "Yo estaba en un hospital militar cerca de Sirte. Ahí llegó una ambulancia que llevaba a Gadafi. Probablemente ya estaba muerto, pues el vehículo siguió derecho. Cuando llegué a Misrata, me llevaron a una villa grande en las afueras de la ciudad. En una sala pequeña, cientos de personas gritaban, celebraban, lloraban de la emoción. En la mitad yacía Gadafi. Todo el mundo trataba de colarse para tomarse una foto con él. Incluso lo acomodaban, para poder salir con él en las fotos. La gente me decía que así, viéndolo, tocándolo, podían probar que efectivamente su verdugo había muerto. Hay que ver para creer".

A las pocas horas también se supo que en Sirte fallecieron Abu Bakr Younis Jabr, el temido jefe del ejército de la dictadura, y Mutasim, uno de los hijos de Gadafi. Las circunstancias de estas muertes son igual de oscuras que las de Gadafi, pues también se han visto videos de Mutasim capturado, fumándose un cigarrillo. El heredero del coronel, su otro hijo, Saif Al Islam, después de evadir los cercos del ejército rebelde, fue capturado en la ciudad de Zliten, al este de Trípoli. El CNT prometió respetarle la vida.

Pues a pesar del alivio que la muerte de Gadafi produce en Libia y parte del mundo, cada vez hay más voces que piden que se esclarezcan las circunstancias de su fin. El diplomático británico y militante pacifista Craig Murray escribió en su página en internet: "Estoy preocupado por el efecto que pueda tener considerar la muerte como un entretenimiento. El asesinato se está volviendo la norma. Parece que nos estamos deshumanizando tanto como en la Antigua Roma". La ONG Amnistía Internacional dijo por su parte que "si asesinaron deliberadamente a Gadafi, es un crimen de guerra. Aunque no sea popular, el CNT tiene que investigar la muerte, pues hay que darles justicia incluso a aquellos que siempre negaron hacerla". La ONU también reclamó una "investigación amplia".

En todo caso, los dilemas morales no impidieron que la euforia se tomara rápidamente todo Libia. En Trípoli, miles de personas invadieron la Plaza de los Mártires, antiguo símbolo del poder omnipotente de Gadafi. Como si Libia se hubiera ganado un mundial de fútbol, la gente se abrazaba, gritaba "Allahu Akbar" ("Dios es grande"), ondeaba la bandera roja, negra y verde de la revolución al ritmo de los pitos de los carros. Muchos recorrían la plaza mostrando las fotos del tirano muerto, como una forma de exorcizar 42 años de dictadura. El entusiasmo también contagió a los manifestantes en Siria y Yemen, donde la gente se tomó las calles cantando que la muerte de Gadafi era una advertencia para sus propios dictadores.

Al cierre de esta edición, no era claro si el coronel había sido ya sepultado. Lo más probable es que, como el cadáver de Sadam Hussein, lo entierren clandestinamente, lejos de todo, en una tumba solitaria y desconocida. Pues a pesar de que Mahmoud Shammam, el portavoz del CNT, insistió en que "nosotros no dimos la orden de matarlo, de verdad queríamos darle un juicio justo. Parece que Dios tenía otros deseos", es claro que, vivo o muerto, Gadafi siempre será un problema para la nueva Libia.

La vida de un déspota

1942Nace el 17 de septiembre cerca de Sirte, en una familia beduina.

1969El primero de septiembre, derroca al rey Idris. Impone un régimen socialista, islámico y nacionalista árabe. Les entrega el país a sus familiares.

1971Con su ideología,  panárabe, Gadafi logra que Libia, Egipto y Siria se fusionen. La idea es poco realista y fracasa pronto.

1984Financia y acoge subversivos de todo el mundo, desde Carlos Ilich Ramírez, el Chacal, hasta el IRA o ETA.

1986Atenta en Berlín contra soldados de Estados Unidos .Las bombas en un DC-10 de la UTA y en un Boeing de Pan Am (foto) lo convierten en paria internacional.

1998Se autoproclama rey de reyes de África y apoya a dictadores de Uganda, República Centroafricana, Níger, Sudán, Tanzania, Chad y Zaire.

2001Después del 11 de septiembre, se acerca a Occidente, vuelve a hacer negocios con Europa y hasta se reúne con gobernantes como Nicolas Sarkozy.

2011El 17 de febrero, en Benghazi, reprime manifestaciones que piden libertad. La violencia lleva a su país a la guerra civil y a su muerte.

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Así sacó el gobierno de Lula da Silva a 28 millones de brasileros de la pobreza

El expresidente de Brasil contó durante su visita a Colombia detalles de la política social que hoy es ejemplo en el mundo. Le recomendó a Colombia no dejar en manos de intermediarios la administración de los recursos públicos.
http://www.semana.com/mundo/saco-gobierno-lula-da-silva-28-millones-brasileros-pobreza/161848-3.aspx

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Freud y la cocaína

Un libro revela cómo el padre del psicoanálisis se convirtió en consumidor habitual del peligroso polvo blanco, porque creía que era la cura para todos los males
Mucho antes de que la cocaína se convirtiera en la droga de moda en las discotecas de los años setenta, Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, ya era un asiduo consumidor. Cada vez que lo invitaban a una fiesta tenía por costumbre ponerse su mejor pinta y esnifar unos cuantos gramos "para destrabar la lengua", según le escribió a su prometida en una carta de 1886. Sin embargo, lo que al principio parecía algo inocente, con el tiempo pasó a ser una adicción seria que amenazó con nublar su juicio.

Freud consignó su experiencia con el polvo blanco en una obra titulada Über coca, pero solo ahora salen a la luz detalles de esa oscura faceta que vivió durante doce años. Todos esos secretos están reunidos en An Anatomy of Addiction (Anatomía de la adicción), un libro de Howard Markel, profesor de la Universidad de Michigan, que cuenta cómo el médico austriaco se rindió a los encantos de la cocaína porque creyó que era el elíxir de la vida. Aunque el hilo conductor del texto es su historia, el autor aprovecha para hacer un recorrido por los orígenes de la sustancia, que llegó a ser muy comercializada en Europa y Estados Unidos, mucho antes de que fuera declarada ilegal. 

Fue entonces cuando Freud resolvió dedicarse a estudiar los usos terapéuticos de esta droga en su afán por ganar prestigio entre la comunidad científica de Viena. Investigaciones previas habían demostrado erróneamente que podía curar la adicción a la morfina (común entonces en casi todas las casas porque se usaba para aliviar los dolores) y, por eso, el joven empezó a tratar con el polvo blanco a un amigo que sufría una dolencia crónica. Luego, él mismo la probó. Lo cautivó su efectividad para evitar la ansiedad y aumentar el deseo sexual. No tardó en volverse uno de sus simpatizantes más fieles, y era común que se la recetara a familiares y amigos para "hacer de los días malos, buenos, y de los buenos, todavía mejores".

Freud estaba muy entusiasmado con el experimento y creía que había encontrado la fórmula que lo haría célebre. "No importaba cuál fuera la razón, calmar una migraña, un dolor de estómago, un ataque de sinusitis o un episodio melancólico, Sigmund siguió consumiendo cocaína", escribe Markel en el libro. Nadie sospechaba de sus peligros en ese entonces. Cualquiera podía comprarla en las farmacias sin necesidad de prescripción médica y los comerciantes aprovecharon el boom para convertirla en el componente principal de ungüentos, jugos, cigarrillos y hasta margarinas.

De hecho, antes de que aparecieran los grandes capos de la droga, un químico llamado Angelo Mariani se hizo millonario gracias a una mezcla a base de extractos de hoja de coca y vino de Burdeos. El vino Mariani, como lo bautizó, fue por varios años la bebida preferida de personajes como Julio Verne, Thomas Edison, Robert Louis Stevenson, Alejandro Dumas y el papa León XIII. Su capacidad para "fortalecer el cuerpo y la mente", según se leía en algunos anuncios de prensa, pronto atrajo la atención de John Syth Pemberton, un veterano de guerra adicto a la morfina, residente en Atlanta. Pemberton creó un tónico parecido al de Mariani conocido como Vino Coca Francés, que luego evolucionó -ya sin licor, a raíz de la prohibición de las bebidas alcohólicas en ese estado- a la Coca-Cola.

Tuvo que pasar un buen tiempo para que la ciencia entendiera las devastadoras consecuencias de abusar de la cocaína. Freud solo la dejó en 1896 (cuando rondaba los 40 años), porque además de sentir taquicardia, su desempeño intelectual comenzó a desmejorar. El alcaloide también aceleró la muerte de su amigo y por poco acaba con la vida de otro de sus pacientes. Llegó a consumirla tan seguido que solía tener la nariz roja y húmeda. Para cortar el hábito trataba de mantenerse ocupado todo el día: se levantaba antes de las siete de la mañana, atendía alrededor de doce personas, y leía y escribía hasta muy tarde.

A diferencia de él, William Halsted, pionero de la cirugía moderna e inventor de los guantes de goma para procedimientos quirúrgicos, nunca pudo renunciar al polvo blanco. Luego de leer el tratado de Freud, decidió investigar si podía usarla como un anestésico local, en reemplazo del éter y el cloroformo. Para eso hizo las veces de conejillo de indias, pero al cabo de unas semanas aparecieron los primeros efectos. Como no podía concentrarse durante las consultas, dejó de ir al hospital Johns Hopkins, donde recién había sido nombrado jefe de cirugía. En una ocasión le tocó salirse de la sala de operaciones porque estaba tan drogado que ni siquiera era capaz de sostener los instrumentos. Aunque aceptó internarse en un asilo para enfermos mentales, jamás se recuperó y también se volvió dependiente de la morfina.

Ya a comienzos del siglo XX existían muchos adictos cuyos excesos con el poderoso alcaloide se mantuvieron a la sombra gracias a sus supuestas propiedades curativas. "No debió ser fácil llevar una doble vida, siendo un médico distinguido en público y, al mismo tiempo, un consumidor de cocaína que sufre el abuso en privado", reconoce Markel. El escritor escocés Sir Arthur Conan Doyle forma parte de ese grupo y, aunque nunca habló abiertamente de la droga, dio pistas de su hábito en sus relatos. Sherlock Holmes, el personaje que lo hizo famoso, considerado su álter ego, tenía por costumbre inyectarse una solución de cocaína al 7 por ciento cuando no tenía casos interesantes que investigar. Su fiel compañero, el doctor Watson, temía que afectara su desempeño intelectual y, por eso, le pedía que no la siguiera usando.

A medida que la droga era estigmatizada, los gobiernos incrementaban sus controles. Años después de que Freud logró hacerse a un nombre, enfrentó un sinnúmero de críticas por la costumbre que adquirió cuando apenas empezaba su carrera. Ha habido todo un debate alrededor de la influencia que el polvo blanco tuvo sobre su obra, pero la mayoría de los expertos coincide en que su período más brillante llegó después de que la abandonó. Como él mismo lo reconoció al final de sus días, seguramente como una forma de exculpar su pasado, "el estudio de la cocaína fue una distracción que estaba ansioso por concluir".

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Carta a un maniquí

Dices que soy loco y te digo que tienes razón, si locura es todo lo que no eres, todo lo que niegas. No quiero discutir contigo, me ofende tu palabrería insensata. Tus razonamientos huelen a sexo. No puedo arruinar mi vida mirándote en un espejo, pavoneando tu frivolidad por mi alma, manoseando mi angustia. Eres impura, y hasta tu corazón lo tienes maquillado de polvo “coqueta”.

No vuelvas a profanar mis dioses, ni mi soledad: lo ignoras todo de la muerte y lo sagrado. Te equivocas si crees que voy a renunciar a interrogarme por temor a desatar tus furias de hembra celosa. No sacrificaré un átomo de imaginación para satisfacer tu gelatinoso ego.

Tu insensibilidad al dolor es otro síntoma de tu vacuidad desalmada. Y tu belleza es de esponja. Eres una plebeya tintineante de joyas, un cadáver perfumado de Dior. Gran lío va a tener el Señor para reorganizar tu cuerpo y tu alma en el Juicio, pues la tuya la cambiaste por una fotocolor en la revista Vanidades.

Nunca entendiste que la muerte y el arte significaban para mí un diálogo con la vida, con los hombres; que necesitaba despertar de la realidad, despreciar lo aparente para mirar al fondo, a las esencias. Hasta de mis fantasmas te sentías celosa, odiabas mi mundo interior como tu rival, y querías aislarme, matar mi Yo para meterte tú.

Desde que te conozco has querido embrujarme con tu malsana sexualidad, hechizar mi alma, perderme en el abismo de tu cuerpo, cautivarme en tu laboratorio de nimiedades y caprichos.

Tienes fama de dominar a los hombres con tu alquimia, pero qué va, han manoseado demasiado tu brillo. Ahora estás devaluada por más que te maquilles, maniquí.
Crees que todo es a tu medida, hasta mis sueños; crees que todo termina en ti, que sólo puedo aspirar a la altura de tu minifalda.

El único sueño de tu vida es dormir acompañada. Ahí termina tu espiritualidad, en la vaca. Ni eso, sería elogiarte. Al menos la vaca cuando llena sus panzas se da el lujo de rumiar sus impensados asombros en la soledad de las praderas. Tú no; cuando estás repleta de placer te abandonas a una suntuosa digestión bajo el sudario de tu baby-doll.

Me das lástima porque el barro de Dios ha perdido el tiempo y la posibilidad religiosa de encender en ti una chispita de vida consciente. Es una pena para el barro, y para ti que lo envileces en el lodo.

No soy hombre a tu medida. No doy la talla de tus perros falderos que sacian tu voracidad libertina por una migaja de placer y figuración en los salones de la sociedad y del arte. Eres peligrosa como un pulpo opresor. Tu piel me hizo sentir siempre resbalando a la oscuridad ciega de tu carne como a un muladar, negación de vida y resurrección.

Te confundí con un ser humano; te pido perdón por confundir una mujer, con 50 kilos de vanidad y diez metros de tubo digestivo metidos en un traje de moda. Es mi culpa, por hacerme ilusiones. De las mujeres esperé siempre una llave que me abriera una nueva puerta hacia la vida y los misterios del arte y de la muerte. O descubrir en la hermosa noche irracional del sexo el fulgor de una estrella guiándome en los arcanos cielos de ultratumba. Pero todas tus llaves son falsas, las usas para cerrar esas puertas y convertir la vida en una prisión, tu lecho es una fosa.

Me libero de tu infierno que ni siquiera es admirable por el terror. Pues todo lo que allí habita, incluyéndote, son vicios y potes de crema para maquillar tu monstruosidad en un rostro humano.
Ya no existes, maniquí. ¡Te lo prometo!
Fuente:
Obra negra. Santa Fe de Bogotá, Plaza & Janés, primera edición en Colombia, abril de 1993, pp: 140 - 141.

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